• Por Rodrigo Dias - Licenciado en Enseñanza de las Ciencias Sociales, Profesor de Geografía y Creador de Un espacio Geográfico

La paradoja del extractivismo en la Ciudad Verde

La pandemia ha dejado en claro que unas cuantas dinámicas socioterritoriales han llegado a un cuello de botella que es necesario aliviar. Siendo nativos urbanos, la primera reflexión que nos viene a consideración es que las ciudades distan mucho de ser un espacio en el cual esté garantizada una mejor calidad de vida.

Basura, smog, arroyos mal entubados y ríos irrecuperables, todo eso podemos encontrar en los poco más de doscientos kilómetros cuadrados que representan la superficie de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero no es lo único: es necesario sumarle un parque automotor a la deriva por un mar de asfalto que no para de sumar navegantes, hacinados en cualquier hora y lugar, colmando el aire con partículas contaminantes en suspensión a niveles críticos. Y mejor no hablemos del ruido.

Hablemos de Ciudad Verde

Los problemas de contaminación que presenta la capital argentina son comunes al resto de las ciudades latinoamericanas. No obstante, existe otro factor sobre el cual la ciudad está en deuda con sus habitantes: los espacios verdes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda, en una relación sencilla entre superficie y habitantes, un mínimo de diez metros cuadrados de espacio verde por habitante: la Ciudad Autónoma, apenas presenta 1.9 m2/h, lo cual reporta, según especialistas, un déficit de 2400 hectáreas destinadas a espacios verdes.

Pero acá es donde entra la paradoja que titula este texto. En el año 2014, el actual ex Jefe de Gobierno de la Ciudad y ex Presidente, Mauricio Macri, lanzó la campaña denominada Buenos Aires Verde, un proyecto que apuntaba a convertir, en el transcurso de los dos decenios siguientes, a la ciudad en un proyecto tendiente a contribuir con las mejoras en la calidad de vida. Tal como se refleja en el institucional que aún puede leerse1.

“Tenemos como metas: aumentar la cantidad de espacios verdes públicos y la capacidad de mitigación de inundaciones en la ciudad; que los vecinos tengan una plaza a no más de 350 metros; reducir entre 5 y 6 grados las temperaturas extremas de la Ciudad y contribuir a la reducción del consumo energético.”

En los papeles, algo ideal. En la teoría, acorde a las tendencias. En la práctica, inviable.

Pero, ¿por qué?

Hablemos de extractivismo

Dentro del aparato productivo de cualquier país podemos encontrar actividades de las denominadas extractivas. Tradicionalmente, son aquellas denominadas primarias, vinculadas a la agricultura, la ganadería y los recursos del subsuelo. Pero con la llegada del capitalismo neoliberal y la expansión de un proceso de globalización (o americanización, como prefieran), las lógicas productivas han cambiado y el centro de interés es ahora más que nunca la obtención de ganancias. Todo territorio cuyo recurso lo haga rentable recibirá la inyección de capital necesaria para que –a través de paquetes tecnológicos y/o modificaciones genéticas- la explotación se realice optimizando la ecuación capital/superficie/tiempo.

En esta lógica, las actividades extractivas no se han limitado a los espacios rurales, sino que cada vez avanzan más sobre las áreas urbanas. Acompañando al crecimiento nacional manifestado durante 2003-2015, la rama de la construcción se convirtió en una de las más pujantes, y los actores inmobiliarios en la encarnación del crecimiento económico. Si uno mira el perfil de barrios como Caballito, Devoto, Palermo, Flores, Floresta o Barracas, verá que hubo una explosión de la propiedad vertical. Edificios por todos lados.

No se trató de una política vinculada a satisfacer las necesidades habitacionales (otro grave problema de la ciudad) sino a otro proceso: el extractivismo urbano. Pensémoslo desde este enfoque: una casa familiar en alquiler, un baldío, o una fábrica abandonada, producen escasa ganancia. Si a esa casa la reemplazamos con una torre de, digamos, cuarenta departamentos, la ganancia será mayor. Esa es la esencia del extractivismo urbano, multiplicar el aprovechamiento del suelo para potenciar las ganancias, que no resuelve problemas de vivienda pero sí genera un enorme mercado especulativo.

La paradoja

Contrario a lo que promovía la campaña de 2014, la Ciudad de Buenos Aires está reduciendo cada vez más sus espacios verdes. Hace tiempo ya que el Gobierno de CABA otorgó permisos de construcción indiscriminada que apuntan a duplicar la población capitalina en el corto plazo2, en perjuicio de los espacios verdes. Esto no es una casualidad: la mayor parte de los emprendimientos se desarrollan en solares cuyos dueños atienden de ambos lados del mostrador.

Por eso, la puesta en valor de la zona de Barracas y otros tantos barrios de la ciudad no es solo la manifestación de los intereses de los actores inmobiliarios. Es la manifestación de actores inmobiliarios que además forman parte del partido que gobierna hace ya doce años la ciudad más grande del país, y que replican el mismo modelo en otras urbes nacionales. Los promotores de la Ciudad Verde son los mismos que se encargan de inundarla de hormigón. Incluso en el mismo año 2014 existió un proyecto que buscaba reducir la superficie de la reserva ecológica para convertirla en un basural3. Paradójico es poco.

No obstante, y aquí no hay que pecar de ingenuos, ante un conflicto de intereses, siempre va a ganar el capital. Es por eso que en Buenos Aires la deuda de espacios verdes es y será, al menos en lo inmediato, un tema sujeto a beneplácito de aquellos que la gobiernan.

Nuestra colapsada Buenos Aires, una ciudad que se autoproclama verde pero que es cada vez más gris, es otro capítulo más de las contradicciones y sutilezas semánticas que la discursividad mediática y política enmascaran. Lo que ocurre sobre el territorio, cómo se produce el territorio y a quiénes beneficia, se decide entre unos pocos y siempre detrás de cámara.

 

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