• Por Juan Pablo Caputo

Villa Manuelita, no

¿Por qué y para qué se bombardeó la Plaza de Mayo?

16 de junio de 1955. Una fecha trascendental para la historia del Pueblo argentino. Sin lugar a dudas, los bombardeos sobre cientos de civiles indefensos ubicados en la Playa de Mayo se encuentran grabados a sangre y fuego en la piel de nuestra Patria. Es por ello que, en un día como hoy, recordamos a este hecho como a la tragedia personificada a través del “odio, la incomprensión y la intolerancia[1]”.

En primera medida, su derrotero fue el saldo de 367 muertos y más de 3000 mil heridos. De forma concomitante, el derrocamiento y, de haber sido posible, el asesinato del General Juan Domingo Perón, fueron los objetivos de este suceso. En este marco de situación, uno de estos se cumplió solo tres meses luego: el presidente, que había sido elegido democráticamente por los hombres y mujeres de nuestro país el 11 de noviembre de 1951, tuvo que exiliarse. El peronismo había caído, y se iniciaba una nueva etapa en la Argentina.

Siguiendo la línea de Caseros, y acudiendo a la frase “ni vencedores, ni vencidos” de Justo José de Urquiza, comenzó la auto-proclamada “Revolución Libertadora”. Si bien el General Lonardi, primer dictador de este gobierno de facto, sostuvo que “la revolución no se hace en provecho de partidos, clases o tendencias, sino para restablecer el imperio del derecho[2]”, el paso del tiempo bastó para demostrar que, en realidad, sucedió todo lo contrario.

A priori, el relato de Ernesto Sábato es clave para graficar este punto: “aquella noche de setiembre del 55, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala (de una casona de Salta) la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi como las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas. Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, duros y sombríos. Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizados en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta[3]”.

Asimismo, un militante de la resistencia peronista, de nombre César Marcos, recuerda: “en los balcones, vimos que había gente que brindaba con champán y súbitamente Buenos Aires pasó a ser una ciudad extranjera. El cielo entero se nos vino encima. El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el sol, la vida se dieron vuelta. De repente, entramos en un mundo de pesadilla en el que el peronismo no existía. Todo fue anormal. Como fue anormal, absurda, alucinada, la odisea de la resistencia. Éramos pigmeos que debíamos luchar contra gigantes[4]”.

En relación a ello, y desde el plano internacional, el Primer Ministro Británico, Winston Churchill, dijo: la caída de Perón, es el acontecimiento más importante, después de la segunda guerra mundial. No le daremos perdón ni cuartel hasta el fin de sus días; en igual sentido, el Subsecretario de Asuntos Externos de los EEUU dijo: nos congratulamos con el fin de la dictadura más brutal que haya conocido la América Latina.

En este sentido, empezó una larga noche en nuestro país: se decretó el Estado de Sitio, iniciándose un proceso de dura persecución y represión contra los trabajadores argentinos; se constituyó el Plan de Conmoción Interna del Estado (CONINTES), por medio del cual los detenidos políticos eran juzgados por tribunales militares; se produjeron torturas, apresamientos arbitrarios, fusilamientos y exilios; se suscitaron asaltos a unidades básicas del Partido Justicialista; se intervino la CGT; se disolvió el Partido Peronista; se demolió la residencia en que vivían Juan Perón y Eva Duarte; se clausuraron diarios nacionales, tales como “el 45”, “lucha obrera” o “el descamisado”; y se secuestró el cadáver de Eva Duarte de Perón.

En materia económica, se decidió disolver el Estado de Bienestar: se derogó el régimen de nacionalización de los depósitos bancarios, el cual permitía orientar el crédito hacía el desarrollo industrial; se inició un proceso de endeudamiento[5], cuyo eje era la sujeción de nuestro país a los organismos multilaterales de crédito; se liquidó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI); se anularon los denominados "precios máximos”; se eliminaron las restricciones para los giros de divisas al exterior; se estipuló la libre importación; se paralizó la obra pública iniciada por el Estado; y se liberó el mercado cambiario, lo que produjo una fuerte devaluación de la moneda y, de manera consecuente, una pérdida sustancial del poder adquisitivo de la mayoría de los argentinos.

Por otro lado, y en cuanto a la Fundación Eva Perón –la cual merece un capítulo aparte-, se designó una comisión especial a fin de investigar los hogares-escuela de la fundación Eva Perón, los cuales alojaban a más de 11 mil niños. A partir de ello, se realizó un informe por medio del cual se manifestaba que “(...) el vestuario de los menores es renovado cada 6 meses, y que se incluye en los menús aves y pescado, por lo que desde el punto de vista material, la atención de los internos es suntuosa, excesiva y nada ajustada a las normas republicanas que conviene para la formación austera de los niños[6]”.

Así las cosas, la fundación “Eva Perón” fue disuelta: todos sus proyectos fueron interrumpidos, sus instalaciones cerradas y sus bienes incautados. A su vez, se quemaron toneladas de vestimenta, ropa de cama, medicamentos, instrumental médico, e incluso pulmotores por el mero hecho de llevar sello de la fundación.

En ese sentido, es dable adicionar que, a la depredación de su activo físico, se constituyó la siguiente estafa: el capital de la fundación, que debía ser depositado en el sistema de previsión social de acuerdo a sus estatutos, jamás llegó a destino. En resumen: destrucción, saqueo y venganza.

Por otro lado, y respecto del punto de vista jurídico, el Gobierno de la Revolución Libertadora, usando como fundamento los “principios democráticos y republicanos”, resolvió unilateralmente declarar vigente el texto constitucional sancionado en 1853, con las reformas de 1860 y 1896, derogando así la reforma de la carta magna concretada en 1949[7].

Desde esta perspectiva, se dictó el decreto-ley 4161/56, el cual prohibió la “utilización de fotografías, retratos o esculturas de los funcionarios peronistas o sus parientes; el escudo y la bandera peronista; el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes; las expresiones «peronismo», «peronista», » justicialismo», «justicialista», «tercera posición»; la abreviatura PP; las fechas exaltadas por el régimen depuesto; las composiciones musicales «Marcha de los Muchachos Peronistas» y «Evita Capitana» o fragmentos de las mismas; y los discursos del presidente depuesto o su esposa o fragmentos de los mismos”. Para quién no cumpliere dicha prescripción, se imponía la pena de “prisión de treinta días a seis años[8]”, entre otras sanciones.

Frente a este estado de situación, un periodista en Paraguay le preguntó al General Juan Domingo Perón por las causas del golpe de Estado. Este respondió que “las causas son solamente políticas; el móvil fue la reacción oligárquico-clerical al servicio de los imperios; el medio: la fuerza movida por la ambición y el dinero”. En pocas palabras, -resumió- “estamos con los pobres”.

Tiempo después, un periodista en Panamá le presentó el siguiente interrogante: si las fuerzas leales eran superiores a las insurgentes, y además el pueblo estaba con usted, a punto tal de que la CGT pidió armas para defender al gobierno, ¿por qué no resistió? Instantáneamente, Perón manifestó: “¿Qué resolvíamos con eso? La sinarquía internacional se nos iba a echar encima más ruidosamente; quizás iban a mandar marines. Pudieron haber muerto un millón de argentinos. ¿Y qué haríamos en favor del país? ¿Íbamos a liberar al continente con eso? No lo íbamos a liberar. Nos iban a aplastar de una manera o de otra, sacrificando al país y destruyendo todo lo que habíamos hecho durante 10 años”.            

Asimismo, añadió que “nos quedaba a nosotros la otra solución. No resolver cruentamente el problema, sino decir “bueno, muy bien. Nos vamos frente a esto”. Pero eso nos deja una enorme enseñanza: ningún país latinoamericano podrá liberarse si no se libera el continente, y si no se integra el continente para mantenerlo y consolidarlo. Lo difícil no es liberarse; liberarse es fácil, lo hemos demostrado nosotros. Lo difícil es consolidar esa liberación, porque es algo que crea el poder inmenso de la sinarquía internacional que se le echa encima. Entonces, ese camino es el que nosotros hemos demostrado, y esa lección vale. Vale bien lo que hemos hecho, y lo que nos ha pasado”. En pocas palabras: una verdadera tragedia.

Como corolario de todo esto, resulta oportuno citar a Norberto Galasso. Dicho historiador comenta que el señor Lonardi, como presidente de facto, concede el 25 de septiembre de 1955 una audiencia a dirigentes de la Confederación General del Trabajo. En dicha oportunidad, se relata que “cuando los gremialistas estaban en la antesala del despacho del presidente, pasó un marino. Se detuvo, preguntó quiénes eran y qué esperaban. Respondida la pregunta, los miró detenidamente y les hizo explotar esta sentencia: - Sepan ustedes que la revolución libertadora se hizo para que en este país el hijo del barrendero, muera barrendero[9].

En resumidas cuentas, y tal como ya se ha puntualizado, las principales potencias a nivel global avalaron tanto la llegada del gobierno dictatorial como su accionar. No obstante ello, una barriada muy pobre cercana al frigorífico Swift, ubicada en la zona sur de Rosario, colgó en un tanque de agua un cartel que condensaba el sentir de la mayoría del Pueblo argentino: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”.

 

 

 


[2]Lonardi, Marta, Mi padre y la revolución del ‘55, Ediciones Cuenca del Plata, Buenos Aires, 1980, p. 157

[3]Sábato, Ernesto, El otro rostro del peronismo, sin editar Buenos Aires, 1956, p. 40

[4]Marcos, César, Revista Peronismo y Liberación, número uno, agosto 1974, Buenos Aires, p. 23

[5]En 1969, Juan José Hernandez Arregui sostuvo que el endeudamiento externo en la Argentina ascendía a 6000 millones de dólares. Ver Hernandez Arregui, Juan José, Nacionalismo y Liberación, 1ª ed. 1ª reimp. – Buenos Aires: Contiennete, 2011. Página 215.

[7]Sarrabayrouse, Eugenio C., “Nuevos delitos, ampliación de garantías constitucionales y reformas de la organización judicial” en Benete, Mauro, “La constitución maldita: estudios sobre la reforma de 1949”. 1ª edición. José C. Paz: Edunpaz, 2019. Páginas 227-229. Ver en http://biblioteca.clacso.edu.ar/Argentina/unpaz/20190312033935/La_constitucion_maldita.pdf

[9]Galasso Norberto, Historia de la Argentina: desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner – 1ª ed. 1ª reimp. – Buenos Aires: Colihue, 2011. Página 354.