• Por Juan Pablo Caputo

Padre e hijo de la Patria

¿Cuál fue el pensamiento de Manuel Belgrano?

Que el día de la fecha sea feriado invita a que cada uno de nosotros reflexione sobre el creador de la bandera argentina. En esa línea de pensamiento, es sustancial empezar a escarbar en los recovecos del barro y de la sangre de nuestra historia, con el objetivo de tener una primera aproximación al ideario de Don Manuel.

Quien fuera considerado por José de San Martín como “el mejor de nosotros”; quien tuvo una relación muy estrecha con Miguel de Güemes, en el marco de los avances realistas en nuestro territorio; quien amenazó con tirar al Virrey Cisneros “por la ventana” durante la Revolución de Mayo; quien tuvo una especial consideración por Juana Azurduy; quien realizó la epopeya del “Éxodo Jujeño”; quien, liderando el Ejército del Norte, resultó victorioso en las batallas de Tucumán y Salta; quien donó la totalidad de sus recompensas dinerarias resultantes de sus campañas militares a fin de construir escuelas; quien fuera acusado por Rivadavia de haber incurrido en un “injustificado ataque de patriotismo” por haber creado la bandera nacional; y quien despreciaba, nada más ni nada menos, a los “partidarios de sí mismos”, dio un cabal testimonio de sus ideas, las cuales serán expuestas a continuación:

En primera medida, poseía un pensamiento eminentemente rousseauniano, por lo que consideraba que la indigencia era el resultado de las leyes de la propiedad. Desde ese marco conceptual, sostenía que existían dos clases de hombres: la que disponía de los frutos de la tierra, y la que era solamente llamada a ayudar por su trabajo a la reproducción anual de estos frutos y riquezas. En pocas palabras, las leyes de unos, con base en el imperio de la propiedad, sometían a los otros.

Por su parte, la perspectiva industrialista era una constante en la cosmovisión de nuestro protagonista. Creía, a partir de la adaptación de los conocimientos de la economía política a la realidad rioplatense, en la necesidad de modificar el modelo agropecuario de aquel entonces, entendiendo que toda Nación, amén de constituirse como tal, requiere una industria fuerte.

En ese sentido, defendía las subvenciones a las artesanías e industrias locales, en vistas de fomentar el consumo interno, como también entendía que la importación llevaría a la ruina a sus compatriotas. En pocas palabras, el desarrollo de la industria sería, a ojos de Belgrano, el que sacaría a su pueblo de la más profunda miseria.

En términos concordantes, si bien consideraba que los recursos resultantes de la agricultura debían ser la base de la economía a fin de desarrollar nuestro país en términos productivos, Belgrano tenía una gran desconfianza de la riqueza fácil de la ganadería, debido a varios motivos: por el poco trabajo que implicaba para la gente; porque no desarrollaba la inventiva; porque desalentaba el crecimiento de la población; y, fundamentalmente, porque concentraba la riqueza en pocas manos.

En función de la presente línea de acción, Manuel tenía una postura muy crítica respecto de este último punto. Entendía que era necesario restringir los monopolios, debido a que éstos eran la representación de hombres desprendidos del amor hacia los semejantes. En este sentido, un ejemplo al cual Manuel recurrió para personificar este fenómeno fue el caso de la clase dirigente porteña.

Por ello, Belgrano fue uno de los precursores de la reforma agraria en nuestro territorio; éste ejerció una defensa irrestricta de los trabajadores del campo, a fin de que los labradores accedan a la propiedad de la tierra; sostenía de manera inclaudicable que el problema central de la realidad rioplatense era el latifundio; y además, consideraba que las tierras improductivas eran un obstáculo para el desarrollo del país, por lo cual era necesaria la conformación de cooperativas y ferias francas.

Por otro lado, apostaba con fuerza a la creación de escuelas gratuitas para superar la ignorancia, pobreza y la miseria de su pueblo. En particular, Manuel Belgrano entendía a la educación como el elemento central de la economía, bajo la premisa de que, sin enseñanza, no habría realmente nada.

En ese marco, decidió desarrollar el primer proyecto de educación en el Río de la Plata, el cual se adelantó 100 años a la ley 1420. Básicamente, la propuesta se basaba en que los cabildos debían crear y mantener con sus fondos la educación pública en las parroquias y en las denominadas “campañas”.

Por otra parte, descreía del fetichismo de la moneda, con el objetivo de desacreditar el mercantilismo español; sostenía una defensa muy férrea del cuidado del medio ambiente; defendía la creación de una marina mercante local, en pos de no ser comisionistas del extranjero; e impulsaba con fervor la libertad de prensa.

A su vez, insistía con la necesidad de contar con estadísticas certeras para tomar medidas de gobierno: pensaba que, sin conocimiento de la fortuna pública, de las necesidades y recursos de estas provincias, no era posible que se dicten las providencias más convenientes a la felicidad general.

Es pertinente adicionar que Don Manuel ejercía una defensa irrestricta de los derechos de los pueblos originarios, por lo que estaba convencido de la necesidad de su integración al proyecto revolucionario. En función ello, decidió proponer al Congreso de Tucumán de 1816 la constitución de una Monarquía Incaica, la cual contó con el apoyo de José de San Martín y Miguel de Güemes, como también con el rechazo de la elite gobernante del Río de la Plata de aquel entonces.

En fin, se han intentado graficar sintéticamente las ideas que guiaron al protagonista de esta historia a modo de homenaje. Ahora bien, quien les habla prefiere cederle la palabra al que fue uno de los personajes más importantes de nuestra historia, a fin de que nos exprese, a 200 años de su pase a la inmortalidad, uno de sus sentires más profundos: “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la Patria; me contentaré con ser un buen hijo de ella”.

Feliz día del injustificado ataque de patriotismo para todos y todas.