• Por Carlos Serraglia

Paso a la inmortalidad del General Juan Domingo Perón

Triste fue el día en que despedimos físicamente al General, #ElViejo para los más jóvenes. Militar, dirigente popular, 3 veces presidente y sin dudas un argentino con compromiso social.

El anuncio en la cadena nacional, 5 canales de TV y las radios, confirmaba lo que se hablaba en la calle; esto generó la tristeza de los que menos tenían y de los que más esperábamos del gobierno. Moría el Líder, el hombre en quien se había depositado durante más de 20 años la esperanza de una Argentina en poder de los humildes y los desposeídos.

El día daba para esa tristeza, la lluvia, el frío y la tarde gris nos acompañaron desde el anuncio; la incertidumbre y la congoja se apoderaron de miles, de millones.

La reacción fue espontánea en el pueblo, no necesitaron las letras gigantes de los diarios de la madrugada: a la noche ya estaban en la calle -desde el anuncio y algunos antes-, para rendir honores al General, ese que desde la historia presidió los más grandes momentos de la Argentina.

El hombre más adorado por el pueblo y más odiado por los de siempre, quienes no se animaron como lo hicieron con Eva, en las paredes, pero festejaron puertas adentro.

En ese último año algunos habíamos tenido dudas respecto al accionar del Gobierno Popular, pero cualquiera de esas dudas, para la gran mayoría, fueron zanjadas ese día. Más de un millón de personas en la calle esperando para pasar frente al cuerpo, en la capilla ardiente, en el Congreso de la Nación; mientras seguía lloviendo, se veían desde familias enteras a los hombres más duros, en un llanto que se repetía a lo largo de las por lo menos, veinte cuadras de cola y en todo el país.

El duelo se decretó, sin embargo, no hacía falta, cuando un hombre es así de grande, cuando ha hecho tanto por los pobres, cuando es amado por su pueblo, no es necesario decreto alguno, la gente lo tomó como propio, lo sintió y lo expresó en las calles.

Hubo grandes discursos, de compañeros amigos y opositores, pero nada de esto me marcó tanto como una viejita de 82 años a 10 cuadras del Congreso con una foto del General en su caballo pinto, esperando llegar a despedirlo.

Creo que ese día generó en mí y en muchísimos más la certeza de saber que estábamos en el camino correcto, que despedíamos al estadista más grande que tuvo nuestro país; quien marcó definitivamente a muchas generaciones.

Poco después la tragedia fue inmensa y la pérdida que sufrimos ese día nos arrastró a la época más negra de nuestra historia, nos llevó muchos años encontrar un hombre que reivindicara y levantara esas banderas que el General nos dejó; sufrimos la pérdida como un terrible círculo que nunca llegamos a cerrar.

Hoy en un momento terrible, golpeados económicamente después de los peores cuatro años de la historia argentina, en medio de una pandemia a la que le damos batalla desde la trinchera, no debemos olvidar que una vez pudimos; con la conducción de un hombre que tenía claro hacia dónde quería llevar al país. Debemos retomar esa lucha, adecuarla a la época, sin bajar ninguna de las banderas que nos dejó: Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social.

Se lo debemos, nos lo debemos y tenemos que hacerlo porque lo merecemos.