• Por Andrés Harwicz

¿Dónde está el futuro?

¿Hacia dónde avanza la política estadounidense?

El 2020 es indudablemente uno de los años más relevantes en la historia moderna de la humanidad y no sería descabellado decir que el país que más está sufriendo la turbulencia que ha causado la pandemia es Estados Unidos. Con 2.84 millones de infectados y 128 mil muertos al momento de la redacción de esta nota, el país norteamericano lidera cómodo el ranking de mayor cantidad de casos y muertes por coronavirus en el mundo. Su apuro por realizar una reapertura durante los momentos más críticos de contagio han resultado en una segunda ola de casos (aunque sería razonable argumentar que simplemente es una profundización de la primera ola ya que nunca lograron que la curva descendiera una vez que la aplanaron) que ha llevado a que se superen los máximos diarios previos y pongan en estado crítico a varios de los estados que habían manejado de forma excelente las primeras etapas de la pandemia (como Florida). Como bien dijo Alberto durante su conferencia de prensa hace algunas semanas, lo que destruye a la economía es la pandemia, no la cuarentena. Esto puede percibirse claramente si observamos que luego de una recuperación de empleo récord en mayo, en donde se crearon 2,5 millones de puestos de trabajo nuevos, la economía volvió a caer fuertemente en junio y nuevamente la cantidad de estadounidenses que presentaron un pedido de desempleo retornó a los 40 millones. Si bien podemos debatir cuántos de estos empleos se recuperarán cuando la economía finalmente pueda retornar a la normalidad, según este artículo de Forbes podríamos argumentar que hoy el desempleo del país se encuentra en no menos del 20%, cuando en enero era del 5,7%, un mínimo histórico.

A pesar de los admirables esfuerzos de Hollywood durante décadas para representar a Estados Unidos como el país mejor preparado para enfrentar todo tipo de crisis globales, especialmente situaciones de pandemia como la que vivimos actualmente, la realidad es que su estructura no podría ser menos apta para enfrentar este tipo de circunstancias. Lamentablemente para Trump, el coronavirus no convierte a la gente en zombies y por ende no es una situación que pueda solucionarse con balas para aquellos desafortunados que han sido infectados, sino que necesita un robusto sistema de salud que permita tratar a los infectados, una población con la capacidad de ahorro para cerrar sus comercios sin fundirse por largos periodos de tiempo, empleados que puedan subsistir con un salario reducido, y un estado asistencialista que pueda cubrir las necesidades de los individuos que no puedan hacerlo y se vean forzados a trabajar. No obstante, la realidad de USA está muy lejos de cubrir estos elementos, dado que si bien cuentan con un sistema de salud lo suficientemente equipado para una enorme cantidad de casos, los costos por cualquier tipo de tratamiento son impagables para una gran parte de la población, que a su vez no puede darse el lujo de dejar de trabajar ya que necesitan de sus ingresos para sobrevivir y la asistencia brindada por el estado está muy lejos de ser suficiente. Ya se han reportado varios casos de sobrevivientes de Coronavirus que han recibido facturas de más de 1 millón de dólares por los tratamientos recibidos. Esto genera un círculo vicioso en donde las clases bajas y medias bajas son las principales contagiadas por la pandemia por su incapacidad de dejar de trabajar, lo que resulta en aún más gastos y complicaciones cuando efectivamente se enferman y no pueden seguir trabajando para pagar sus necesidades básicas.

A este trágico contexto es necesario sumarle una arista más que relevante: el racismo sistémico que permea a todas las instituciones de Estados Unidos. Las inequidades socioeconómicas entre los distintos grupos raciales de ese país nunca estuvieron más claras que en este momento; una persona negra o latina tiene un 500% más de probabilidad de ser internado por coronavirus que una persona blanca. Esto se debe principalmente al ciclo vicioso que mencionaba en el párrafo anterior; las comunidades más pobres suelen ser de minorías, que no pueden darse el lujo de parar de trabajar incluso cuando están enfermos, y menos aún de recibir cuidados médicos por esas enfermedades, lo cual resulta lógicamente en un incremento en la cantidad de internaciones.

Todos estos elementos juntos formaron el caldo de cultivo que desembocó en un estallido social a partir de la muerte de George Floyd, el cual incluyó protestas y saqueos masivos en decenas de estados. Ahora bien, habiendo pasado ya más de un mes desde ese detonante me veo obligado a preguntar; ¿qué cambió realmente? Es cierto que se destruyeron algunas estatuas, se bajaron los cuadros de generales de la confederación y todas las grandes multinacionales compiten entre ellas para ver quien puede ofrecer el mensaje de simpatía más creíble posible antes de volver a ignorar el tema. Pero lejos de ser avances, estas cosas no son más que gestos vacíos que encuentran a las minorías de Estados Unidos huérfanas de representantes políticos que puedan canalizar estas demandas y convertirlas en los cambios sistémicos.

Los lectores que siguen la situación de cerca sin duda me dirán que toda esta situación ha debilitado fuertemente a Trump, lo cual parece haberles servido el camino a la presidencia a los demócratas y es cierto; las encuestas más positivas para Trump lo muestran a 8 o 9 puntos de distancia de Biden. Incluso si las encuestas estuvieran tan equivocadas como lo estuvieron hace 4 años, Trump seguiría perdiendo por un amplio margen. Sin embargo, si efectivamente Trump deja el gobierno, sería cuanto menos ingenuo creer que Biden o el establishment demócrata que lo ungió como candidato ofrecería una respuesta al problema racial que existe en la potencia norteamericana, y mucho menos a las inequidades socioeconómicas que no han parado de intensificarse desde los años 70 en adelante. Es evidente que ya existe el precedente de cómo fue el gobierno de Obama para realizar estas suposiciones pero también son bastante claras las acciones que tomaron los demócratas tanto antes de este estallido social como después. Hagamos un breve repaso de las más relevantes:

● El plan de salud de Biden propone mantener el sistema actual pero bajar la edad de elegibilidad para Medicare, lo más cercano que tiene ese país a salud pública, de 65 a 60 años.

● Nancy Pelosi, líder de los demócratas en el congreso, mostró toda su sensibilidad para con el tema cuando lideró una iniciativa para que los diputados demócratas utilizaran una especie de bufanda africana en una sesión del congreso.

● Biden dijo en un discurso que debían entrenar a sus policías a disparar a las piernas de los sospechosos en vez de al pecho. En una entrevista le dijo a su entrevistador, un afroamericano, que si tenía problemas para elegir entre él y Trump entonces no era realmente negro, luego de que este le preguntara qué pensaba hacer para ganarse el voto de la comunidad negra.

● Y finalmente, en una cena de recaudación de campaña, lejos del slogan de desfinanciar a la policía Biden prometió aumentar el presupuesto de las fuerzas de seguridad.

¿Será Biden un mejor presidente que Trump? Es posible, la vara es tal vez la más baja de la historia. ¿Es mejor una presidencia de Biden para intentar solucionar los conflictos raciales de Estados Unidos? La sociedad americana parece creer que sí y personalmente comparto esa idea. Pero ser mejor que Trump en este sentido simplemente implica dejar de disparar a mansalva contra las manifestaciones que se realicen, lo cual es sin dudas importante, pero está muy lejos de resolver los problemas de fondo que causaron estas manifestaciones en primer lugar.

El principal problema de la situación que atraviesa USA es el siguiente; si Biden gana, el establishment demócrata se verá fortalecido y aplastará aún más a las voces que piden cambios radicales como un sistema de salud público, reformas de la policía y la justicia, y ni hablar de mejoras en términos de políticas redistributivas de la economía. Pero por sobre todo, una victoria de Biden como la alternativa “progresista” implicaría correr el péndulo social fuertemente hacia la derecha. Al contar con solo dos partidos, no importa qué tan de derecha sea el ala del establishment demócrata, seguirá siendo la única opción progresista a la extrema derecha del Partido Republicano. No obstante, la alternativa obviamente sería otra presidencia de Trump, con todo lo que eso implica.

Lejos de realizar cualquier tipo de cambios positivos, Estados Unidos se encamina a fortalecer todos los aspectos más nocivos de su sociedad, racismo incluído. Es esta situación la que me hace preguntar; ¿dónde está el futuro de Estados Unidos?