• Por Rodrigo Javier Dias - Creador de Un espacio Geográfico

La ciudad invisible

Hablar de Buenos Aires es, la mayoría de las veces, hacer referencia a los imaginarios que la constituyen como una de las veinticinco ciudades más importantes del mundo, una ciudad global.

Importante destino turístico del mundo, visitar y recorrer Buenos Aires es poner un pie en “La París de América” o en “La Reina del Plata”, solo dos de unos cuantos motes que el tiempo y su organización espacial le han colocado. Y es cierto: la ciudad capital ha sabido no solo ser territorio del conocido crisol étnico forjado a partir del siglo XIX gracias al caudal migratorio y la pluralidad autóctona, sino también espacio de múltiples formas de planificar lo urbano, absorbiendo estilos arquitectónicos, parquizaciones y –en tiempos más recientes- rasgos propios de las lógicas de consumo global al incorporar shoppings, malls y centros comerciales a cielo abierto.

Esta amplitud de estilos la ha convertido en un punto de atracción para propios y ajenos. Basta revisar durante algunos minutos los portales de cualquier sitio turístico que promocione a Buenos Aires para ver todas las bondades que están al alcance de la mano, en una sucesión de puntos destacados que parece multiplicarse cuanto más se interna uno en el mapa que, cuidadosamente, nos selecciona la información.

Sin embargo, no todo es lo que parece. Joan Nogué hablaba, hace algunos años, acerca de la idea de paisajes residuales. En esta conceptualización, el geógrafo español planteaba la contradicción que estos tiempos posmodernos traían consigo: en épocas en donde todo espacio geográfico parecía estar descubierto se han renovado esas “terra incógnita”, esos espacios en blanco que a plena luz del día, incluso estando en medio de una gran ciudad, parecen invisibles.

 

Los paisajes de la crisis y del abandono

Si hay algo que el tiempo nos ha demostrado es la fluidez que el capital tiene para construir, destruir y reconstruir lógicas productivas a lo largo y a lo ancho del planeta. Esa capacidad le permitió y le permite seguir subsistiendo y encontrando nuevas formas de obtener ganancias a pesar de haberse expandido al máximo de sus posibilidades. No obstante, dentro de este proceso contemporáneo que mezcla la “destrucción creativa” de Schumpeter con los ajustes espaciales y la acumulación por desposesión de David Harvey, existe una parte de la historia que nunca se cuenta.

La evolución de Buenos Aires la ha visto oscilar desde una inicial “Ciudad Puerto” en las décadas de auge del modelo agroexportador, pasando por una etapa industrial en la segunda posguerra hasta llegar, en las décadas recientes, a ser estudiada como una “Ciudad Shopping”. En cada uno de esos períodos, la ciudad adquirió características particulares en su organización espacial. Sin embargo, con la profundización del modelo neoliberal implementado desde la asunción de la última dictadura militar en 1976 y potenciado con la llegada a la presidencia de Carlos Menem, Buenos Aires se vio envuelta en un proceso de reconversión –al igual que el resto del país- que dejó grandes marcas en su constitución socioterritorial.

Es solo cuestión de pensarlo un poco: primero y principal, los asentamientos precarios. Estos espacios, tradicionalmente conocidos como “villas miseria”, se despliegan en el interior de la ciudad desde hace décadas, creciendo con cada golpe que la economía global/local le asesta. En segundo lugar (y muchas veces utilizados como espacios habitables) las fábricas abandonadas, estaciones ferroviarias deterioradas, vías muertas, grandes predios marginados. Todo dentro de una ciudad que a partir de los 90´s se reconvertía, pensándose más hacia el exterior que hacia su interior.

Estos territorios son testimonios vivos de estos paisajes residuales. La crisis y el abandono, impactos directos de los designios del capitalismo, se han convertido en un componente más del entramado urbano; son el reflejo de lo que ha sido y lo que pudo ser pero que por esas benditas tendencias productivas que jalonan a la periferia desde hace siglos, jamás llegaron a ser. Sin embargo, en este contexto elitista, hipócrita y excluyente de globalización y cosmopolitismo, estos paisajes son estructuras que no forman parte de la ecuación. Ahí reside el problema.

 

La cosmética urbana (o la segregación espacial)

Las tendencias contemporáneas muestran un horizonte donde lo que se vuelve prioritario es la obtención de ganancias. Dentro de este escenario, la turistificación se ha vuelto una fuente más de ingresos para las arcas de la ciudad, explotando para ello cualquier veta que asegure ganancias: desde lo arquitectónico hasta lo cultural, desde lo duradero hasta lo efímero, todo puede funcionar.

El denominado Citymarketing o Landscape Branding es la actividad que convierte a la ciudad en un atractivo visual, apto para estos procesos de turistificación. Claro está que esto no es un proceso que ocurre únicamente en Buenos Aires. Es algo que –todos y todas podemos hacer el ejercicio de buscarlo- se generaliza en las principales ciudades del mundo: se elabora una abstracción, una peligrosa reducción de todo lo que una ciudad representa bajo la consigna de destacar aquello “agradable” para propios y ajenos. Pero, ¿qué ocurre con esos paisajes residuales? La respuesta es simple: se los oculta.

Ejemplos hay, en los tiempos recientes. El deliberado ocultamiento que se realizó sobre las favelas y las áreas marginales de Río de Janeiro en los años previos al mundial 2014 y las Olimpíadas de 2016 es solo uno: vallas, murales y carteles publicitarios envolvían a aquellos que llegaban a los aeropuertos y circulaban por las principales autopistas de la ciudad brasileña, escondiendo la realidad a simple vista.

En la Ciudad de Buenos Aires, los proyectos por “techar” la Villa 31 fueron una realidad que al día de hoy continúa concretándose de a poco. En lugar de avanzar hacia la urbanización, en la lógica del gobierno es más práctico esconder, enrejar o vallar[1][2] (algo que hoy se puede ver desde la terminal de micros de Retiro), para que el perfil de ciudad resulte más adecuado a los falsos estándares del turismo nacional e internacional. Lo mismo ocurre con las fábricas o los predios de los ferrocarriles: un simple enmascaramiento, una cartelización y a mirar hacia otro lado (es tema de otro artículo los emprendimientos privados en terrenos fiscales). Quedan inmersos en medio de una deseada ciudad artificial, escondidos en su trama urbana como espacios en blanco, espacios que no son. Y que a menos que el peatón de turno se concentre en descubrirlos, pasan inadvertidos.

La Buenos Aires actual resulta ser, bajo esta lógica, una imagen ficticia, apenas un cartón pintado que lo único que logra, en vez de aportar soluciones, es cristalizar una gravísima segregación espacial que no hace más que manifestarse a gritos detrás del maquillaje.

 

Rodrigo Javier Dias es Licenciado en Enseñanza de las Ciencias Sociales con orientación en Didáctica de la Geografía por la Universidad Nacional de San Martín. Profesor de Geografía por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González”, con especializaciones en Geografía de África y Oceanía, Geografía de Asia y Geografía de la República Argentina – Procesos Sociales y Económicos. 

Docente en nivel medio, en formación docente por el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González” y a nivel superior por la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Actualmente en proceso de elaboración de tesis final de la Maestría en Sociología Política Internacional por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
 
Creador de Un espacio Geográfico