• Por Nicolás Martínez

Infancias en cuarentena

El encierro de la imagen del cuerpo.

La pandemia ha irrumpido en nuestras vidas dejando en cuestionamiento todo aquello que concebíamos como una normalidad. Ante la propagación inminente de un virus desconocido, el aislamiento social, preventivo y obligatorio trajo consigo medidas protocolares cientificistas que si bien resultan oportunas y necesarias, han conllevado a un aislamiento social-físico del sujeto que no deja de tener sus consecuencias.

Las dinámicas familiares, en especial de aquellas familias en las que conviven niños, son testigos de las implicancias psicoemocionales que el aislamiento viene produciendo.

Cuando pensamos en un niño, irremediablemente se nos representa la imagen del movimiento, en un constante dinamismo; y el juego, propio pero no innato de la infancia, es en esencia espacial. En suma, la infancia es movimiento, es creación, es lazo, es exploración, construcción y aprendizaje.

En los albores de la constitución subjetiva, el cuerpo, en tanto esquema e imagen corporal, se construyen y constituyen en y a partir de la relación con un Otro y con otros. Imaginar a un niño en el afuera de su casa, en un parque, la plaza o la vereda, nos rememora el encuentro con pares, lo lúdico y el lazo social.

Frente a la pandemia primero tuvimos miedo al virus y luego miedo al contagio, lo que terminó traduciéndose en un miedo al otro. Actualmente estamos comprendiendo y aprendiendo a tener cuidado y no miedo, lo cual resulta aliviador ya que el miedo paraliza.

En lo complejo del contexto actual, no son menores las consultas en la clínica de quienes expresan con angustia que comenzaron a observar cómo algunas de las pautas adquiridas por parte de sus hijos, ahora parecieran haberse perdido, por ejemplo relatan miedo a dormir solos, querer volver a dormir en la cama de sus padres, se empiezan a chupar el dedo, miedo a la oscuridad, aquellos que controlaban esfínteres lo dejan de controlar, y algunos refieren temor de salir a la calle (porque afuera está el virus, afuera te podés contagiar y también podés contagiar).

Es fundamental señalar aquí, que estas regresiones se están observando en muchos niños, y lo central a destacar es que no son puntos de detención del desarrollo sino que por el contrario, son transitorias. Responden a niveles de ansiedad, preocupación, angustia y miedo que observan en sus familias y que, en ocasiones, escuchan en los medios televisivos.

Al mismo tiempo, la relación con sus pares, que es vital, se ve coartada. Multiplicidad de factores que confluyen y en su conjunto hacen a un contexto en el que en vastas oportunidades los pequeños no cuentan con las herramientas para simbolizar ni comprender. Es un tiempo donde lo real del miedo a la muerte se presentifica por medio del virus, quedando en cuestión el encierro de la Imagen Corporal.

Entendemos que la Imagen Corporal se sostiene en un cuerpo; tal es la relación que uno tiene con su propio cuerpo como así también con otros cuerpos. Es a partir de la puesta en escena de la imagen, haciendo uso de ella, que el niño puede jugar-se, jugar a lo que no es. De esta manera desmiente una realidad y crea otra.

Creemos necesario en términos de salud mental, construir los medios para lograr que esa imagen haga lazo con el afuera, que genere una experiencia plástica a partir del encuentro con el otro y ponga en cuestión la rigidez estereotipada del virus.

Frente a esta situación comenzamos a notar la necesidad por parte de los niños de crear algo distinto. Aparecen entonces ciertos juegos como la construcción de la casita, la cueva o la guarida, todos dentro de su casa, como un intento imperiosamente necesario de generar un afuera distinto, donde la casa-guarida es el adentro y el afuera, los padres. Escenarios en los que también se juega algo de lo siniestro y temeroso del coronavirus, se escenifica en monstruos, en territorios imposibles de atravesar, en selvas y pantanos gigantes plagados de animales salvajes que atentan a la vida, y se suceden así las posibilidades de vencerlo. Son de esta manera construcciones que permiten gestar tiempos y espacios distintos, no rígidos, en los que circule el afecto y de ese modo, la angustia simbolizada pueda ser representada.

Es un tiempo en el que es necesario ser creativos construyendo nuevos escenarios de apertura al encierro de la imagen del cuerpo.

Resulta urgente entre-tejer con un otro lo sensible del encuentro en el que se dona la propia historicidad y que permite hacer lazo, hacer de una experiencia otra nueva, que rompa con la cronología lineal del encierro. Tal vez podamos pensar entonces en la posibilidad del armado de un dibujo, de una receta, un experimento, en el que su construcción implique la relación con un otro y en consecuencia le permita a los niños hacer un lazo con el par, que está afuera, sin que necesariamente tengan que salir.

Ante la situación que estamos viviendo es fundamental señalar que no es conveniente intentar reproducir el espacio de afuera en casa. Debemos marcar una temporalidad que diferencie los tiempos, horarios y rutinas antes de la pandemia, y los tiempos de hoy. Porque lo cierto es que, al menos por el momento, la realidad es otra, distinta a la ya conocida, y reconocer eso nos permitirá no caer en el intento de reproducir algo del antes del afuera, en el presente del adentro. Reconocer esto nos evitará sumergirnos en la vorágine desesperada de sostener horarios y rutinas de un tiempo anterior a la cuarentena.

Ubicar y reconocer este tiempo como un momento de incertidumbre, miedos y preocupaciones, tanto para los niños como para los adultos, nos abrirá las puertas para ser imperiosamente creativos y así poder “salir a jugar”. Gestar un afuera posible para “salir” del aislamiento, construir escenas que le permitan al niño el armado y despliegue de experiencias significativas en las que la imagen del cuerpo haga lazo, posibilitando la simbolización de lo real del virus, nos permitirá gestar nuevas herramientas para resistir frente a la amenaza de la pandemia, al congelamiento del espacio y del tiempo en las infancias. Imperante necesidad en términos de salud mental.