• Por Juan Pablo Caputo

Eso que nunca puede faltar

El atentado en la Plaza de Mayo del 15 de abril de 1953 fue un ataque terrorista que consistió en la detonación de dos bombas mientras se realizaba un acto sindical organizado por la Confederación General del Trabajo en la Plaza de Mayo.

En un contexto económico y social complejo, teñido por la escasez de alimentos y la suba de precios -Perón hablaba de la “especulación, explotación y agio de los malos comerciantes”-, la Confederación General del Trabajo había decidido para el día 15 de abril de 1953 un paro general y una concentración popular en apoyo al gobierno de aquel entonces.

Como antesala de la tragedia iniciada en nuestro país en junio de 1955, y como manifestación cabal de que la fuerza es el derecho de las bestias, dos artefactos explosivos estallaron en Plaza de Mayo al momento en que el presidente Perón se dirigía a una multitud. A causa de ello, seis personas perdieron la vida y centenares resultaron gravemente heridas.

Es dable destacar que el Poder Judicial identificó y juzgó a los responsables, los cuales formaban parte de la Federación Universitaria de Buenos Aires. A partir de ese hecho, se suscitan dos notorios acontecimientos: a) integrantes de la Alianza Libertadora Nacionalista causaron incendios a una sede del partido socialista, a una casa radical, a un local del partido demócrata y al jockey club; b) se produjeron una serie de detenciones entre los que se encontraban funcionarios de los principales partidos políticos opositores, los cuales fueron liberados meses después, y amnistiados el 18 de diciembre de ese año por Congreso de la Nación por medio de una ley de amnistía -N° 14.296-.

Años más tarde, el General Perón haría una autocrítica de lo acontecido: “Mi gobierno no mandó a realizar estas acciones imprudentes, pero es indudable que se realizaron a favor del gobierno y como respuesta a la acción canallesca de la oligarquía. Pero yo no quise que eso pasara, por la sencilla razón de que con eso contribuíamos a echar más leña al fuego. Después de todo había un dato que era indiscutible, los funcionarios públicos dejaban bastante que desear, la corrupción fue una realidad que nosotros debimos atacar antes que nada, para después sí llenarnos la boca contra nuestros detractores. Pero con que una sola de sus críticas fuese verdadera, nosotros no teníamos argumentación moral para discutir”.

En definitiva, este ha sido uno de los tantos capítulos trágicos de nuestra historia que oficiaron de prólogo a lo que luego fue la oscura noche de la dictadura cívico-militar iniciada en marzo de 1976. En este sentido, la violencia política en nuestro país, al fin y al cabo, solo ha resultado funcional a ciertos intereses. Eso es lo que nunca hay que olvidar.